Intervención de Francisco Álvarez-Cascos en el almuerzo del “Paisano de Honor” Valencia de D. Juan 2010
Querido Presidente Local y Alcalde de Valencia de D. Juan:
Amigas y amigos:
No me cansaré de repetir mi gratitud por vuestra generosidad y por vuestro afecto, manifestados de manera muy intensa en este almuerzo rebosante de camaradería, en la mejor tradición de los actos con los que, a través del paso de los años y de los trabajos compartidos, hemos forjado nuestra cohesión solidaria y nuestro patrimonio colectivo de unidad.
Los afectos no sobran nunca, y mucho menos en estos tiempos de tanta responsabilidad para todos y tan complicados para algunos, al menos para mí personalmente. No quisiera añadirte complicaciones a ti, querido Juan, alcalde y presidente local, ni tampoco a vosotras y a vosotros, las personas amigas que hoy os habéis reunido en torno a esta mesa, para celebrar la distinción de “Paisano de Honor” de este municipio con la que tanto me habéis honrado, y que me brindáis esta tribuna para hablar, invitación, por otra parte, imposible de rehusar.
Como recordaréis, hace seis años y medio hice pública mi decisión de no presentarme a las elecciones generales de aquel año y, desde entonces, han sido contadas mis apariciones públicas, generalmente fruto de invitaciones imposibles de rechazar. La última tuvo lugar hace dos meses en Burgos, en un acto organizado precisamente por el Partido Popular de Castilla y León.
También es verdad que hace ahora un año justo, declaré libremente en una entrevista a la revista “Época” que “si sigue deteriorándose la calidad democrática de este país, si se pone en entredicho la España de las libertades que todos contribuimos a consolidar, las cosas deberían ser revisables para cualquier ciudadano comprometido. En mi caso todo es revisable” (1).
Desde entonces, son muchas las personas que, compartiendo esta preocupación, se acercan a mí para expresarme su convicción de que mi reincorporación a la actividad política sería positiva para sumar y ayudar al Partido Popular a encontrar una senda ganadora, y pasar de la oposición al gobierno, concretamente en Asturias. No estoy tan ciego para no ver lo que pasa, ni tan sordo para no oír lo que me dicen. Más aún, en los veinticinco años que estuve en la primera línea de la actividad política en Asturias y en España, pisando mucha calle entre 1979 y 2004 como nos enseñó nuestro fundador Manuel Fraga, nunca recibí tantas palabras de apoyo, a título personal, por no decir de apremio, como las que ahora escucho animándome a regresar a unas tareas que exigen total dedicación y responsabilidad pública.
Siempre, y más en los últimos meses, he hablado con todos los que han querido hacerlo. Pero nunca me he dirigido a nadie, en público o en privado, para buscar algo o para pedir algo en el partido. Nada he buscado y nada he pedido. Tampoco conozco una sola reunión, o un solo acuerdo de un órgano estatutario regional o nacional del partido, en Asturias o en España, donde se haya planteado alguna propuesta que yo deba de responder. No es que el silencio, en ocasiones, valga más que mil palabras. Es que el silencio, siempre, es la única respuesta cabal a una pregunta inexistente.
A mediados del pasado mes de junio, también la Secretaria de Organización Territorial del partido me invitó a reunirme con ella para hablar de las próximas elecciones autonómicas en Asturias. Quería conocer mi opinión y le trasladé mis consideraciones, consideraciones que no difieren básicamente de las que conocen todos los que se han acercado a mí a preguntarme y que, por su carácter general, no se referían a personas concretas sino a planteamientos generales.
En estas circunstancias, no me parece reprochable ser respetuoso con la condición de militante del Partido Popular, cuando ningún órgano del partido ha requerido mi parecer. Aun en el imaginario supuesto de que esto fuera reprochable, las que nunca estarán justificadas son las calumnias vertidas sobre mí, o sobre personas significadas por su amistad conmigo, porque en el Partido Popular proclamamos que el respeto al compañero y el respeto al ciudadano, son el primer principio del civismo político, son una seña de nuestra identidad colectiva que todos deberíamos respetar. En todo caso, parafraseando a Jovellanos “prescindiré de sus autores, porque no es mi ánimo denigrar a otros, sino defenderme a mí. Si no son más que enemigos míos, . . los perdono” (2).
De todas ellas, la calumnia más perversa es la de relacionar mi silencio sobre hipotéticas propuestas que ningún órgano estatutario ha tratado, con un riesgo de división semejante al que desembocó en la escisión liderada por quien presidía el gobierno autonómico de Asturias en 1999. Es la calumnia más perversa y también la más falsa que lanzan sus autores, porque, entre otras cosas, aquella ruptura fue iniciada con sonoras declaraciones, por ellos mismos, por quienes ahora repiten idénticos modos de comportamiento.
Es la calumnia a la que pone altavoz cómplice un periódico dedicado últimamente a las filtraciones selectivas, a las informaciones apócrifas y a las declaraciones anónimas, fiel a la vieja consigna de “una mentira repetida muchas veces, se convierte en una gran verdad” (3). Una vez más, como ya denunciara Ortega y Gasset hace casi cien años en su magistral conferencia “Vieja y nueva política”, un medio así, como “ aparato productor del ambiente que ese mundo respira, . . . , está situado fuera y aparte de las corrientes centrales del alma española actual” (4).
Para no dejarnos impresionar, es bueno recordar que la prensa no es la opinión pública y, mucho menos, un periódico en la era de Internet. Estas campañas mediáticas las padecimos siempre. Las calumnias de la llamada “brunete mediática” proliferaron antes de las elecciones y ganamos, a pesar de ellas, en 1996 y en 2000. Nada nuevo; es la vieja España que denunciaba Ortega, nada más y nada menos. Pero ya avisó el clásico: “aquel hombre que pierde (con sus calumnias) la honra por el negocio, acaba perdiendo el negocio y la honra”.
Yo era entonces Secretario General y jamás rehuí la responsabilidad que me correspondió en aquellas complicadas circunstancias de 1998 al frente del partido. Pero no admitiré en silencio que nadie me endose las suyas, con el consabido truco del que tira la primera piedra y siempre esconde la mano, ni mucho menos que se calumnie a nadie impunemente.
Esta mañana, en el acto institucional de la entrega del título de “Paisano de Honor” advertí que, inexorablemente, quien elige camino, elige destino. Quizá debiera haber añadido, por eso lo hago ahora, enmendándome a mí mismo, que para elegir camino hay que llegar al gobierno, y el gobierno solo se consigue con un partido ganador. Aquí en Valencia de D. Juan lo sabéis bien, por experiencia propia, porque gracias al buen trabajo del equipo del partido, encabezado por vuestro alcalde, gobernáis desde hace 15 años, durante cuatro legislaturas, lo mismo que en Castilla y León el partido gobierna desde hace veintitrés años, durante ocho legislaturas consecutivas.
Nadie tiene que enseñaros nada. Al contrario, como dije muchas veces, a Castilla y León tenemos que venir a aprender, y algunos vinimos muchas veces a copiar cómo se construye un partido ganador. Con la ayuda de vuestras enseñanzas, en 1996 lo conseguimos en toda España en las elecciones generales, y en 2000 revalidamos y ampliamos la victoria.
Cada vez que alguien me pregunta cómo hicimos posible la transformación en un partido ganador, doy la misma respuesta. La que aprobó en la Ponencia Política nuestro X Congreso Nacional en Sevilla hace ahora veinte años. Pensábamos que para ganar era imprescindible unir al electorado, comenzando por unir interiormente al partido, para empezar a sumar y a multiplicar. Nos propusimos construir una organización fuerte y jerarquizada, codo con codo con miles de compañeros, donde los órganos de gobierno se reunieran, debatieran y decidieran respetando las reglas, porque en las organizaciones democráticas, las formas son cuestión de fondo. Sabíamos que hacía falta mucho trabajo en el desarrollo de una estrategia ambiciosa, acertada y superior en eficacia a la de nuestros adversarios para aumentar el tamaño y la fuerza de nuestro partido. Creíamos que había que formar los equipos seleccionando, no a los más afines sino a los mejores, sin desperdiciar a nadie, porque en un partido debe de haber sitio para todos, y cada uno debe de estar en su sitio. Y, finalmente, queríamos presentarle a toda la sociedad nuestro programa con un destino atractivo para España, y un camino creíble para llegar a él.
Lo conseguimos en 1996 y revalidamos el éxito en 2000, llevando al Partido Popular al gobierno de España, y a los avances más notables que nuestra sociedad ha vivido en mucho tiempo. Por eso, ante ciertas opiniones, es bueno mantener el sentido del humor ¿Quiénes fueron en el pasado reciente los protagonistas del proyecto de unidad más consistente que integró ejemplarmente el centro-derecha español y lo catapultó a las victorias electorales? ¿Cómo pueden tener algunos el atrevimiento de acusar de restar a quienes, a vuestro lado, contribuyeron a la organización y a la consolidación del Partido Popular, la mayor fuerza política y la más unida de la historia del centro-derecha español?
Desde la fuerza de nuestra unidad, trabajosa y generosamente lograda, nos transformamos en un partido ganador porque nos convertimos en “representadores”, no en “redentores”; porque nos vacunamos contra el fulanismo de tan malos recuerdos históricos; porque desterramos las funestas camarillas para trabajar colectivamente en equipos compenetrados; y porque nos propusimos ganar elecciones en la calle y no nos limitamos a ganar congresos en nuestras sedes. Así desterramos el pasado y nos preparamos para el futuro. Muchos me habréis oído repetirlo en la tribuna de nuestros Congresos Nacionales y poner el empeño en hacerlo realidad mediante el más impecable funcionamiento de nuestros órganos colegiados.
Tampoco pensamos que las victorias llegaban solas, sin merecerlas con esfuerzo y con trabajo personal en la confrontación democrática. Nunca admitimos que se pudiera llegar a destinos escogidos por caminos equivocados, sin estrategia ni programa. Con el paso del tiempo y de los años, con más experiencia y más perspectiva, estoy todavía más convencido que nunca de la validez de estos postulados de unidad y de fortaleza, y creo que siguen siendo la garantía del único futuro que merece la pena en el Partido Popular.
La selección de los equipos, la competencia entre tal o cual persona dentro de las normas de funcionamiento interno, digan lo que digan los calumniadores, nunca es causa de división en un partido democrático. Al contrario, es un estimulante formidable de la “unidad” de un partido. Pero me apresuro a reafirmar que la “unidad” no es la voluntad de “uno”, ni la uniformidad, ni la unanimidad. La unidad es la cualidad forjada por el respeto a la “organización”, que deriva del respeto a los “órganos” del partido. Al margen de los eufemismos, un partido realmente “unido” es un partido “organizado”, o sea, un partido en el que funciona la “deliberación” previa y se respetan posteriormente los “acuerdos” de los órganos del partido competentes. Los que rompen la unidad no son los que proponen algo, sino los que prescinden de toda deliberación y evitan los acuerdos en los órganos competentes, para imponer caprichosamente sus conveniencias particulares. Recordando algún suceso reciente me viene a la memoria la famosa reflexión del príncipe de Salina, D. Fabricio, cuando interpretaba cada escaramuza como “una de esas batallas que se libran para que todo siga igual”. (5)
He apostado y seguiré apostando siempre, con palabras y con hechos, por la unidad democrática del partido así entendida. Es la que nos permite, además, dedicar las mayores y mejores energías para la dura y siempre difícil confrontación con nuestros adversarios, los que hoy, con su poderosa artillería mediática, practican como nunca la estrategia de desacreditar a la oposición, y a los medios de comunicación que molesten con sus informaciones. Hoy la oposición en España apenas tiene derecho ni puede ejercer el deber de criticar al gobierno sin ser descalificada de oportunista o de antipatriota, o de ambas cosas a la vez. Desde el gobierno se utilizan sectariamente y selectivamente los poderes del Estado -fiscales, instructores, y policías de camarilla- para imputar al adversario los más variados delitos, siempre bajo secreto del sumario amenizado por las filtraciones y la presencia de cámaras de televisión, así como por una variada menestra de grabaciones telefónicas incontroladas, en actuaciones de dudosa legalidad y clara discriminación con el trato protector de los amigos del gobierno ante cualquier situación supuestamente irregular.
Nos toca vivir una etapa de deterioro profundo de la convivencia democrática, necesitada de unas reglas de respeto mínimo, iguales para todos, exactamente lo contrario de lo que a diario ponen en práctica quienes hacen lo posible y lo imposible para suplir y ocultar su carencia de argumentos políticos, en defensa de los resultados de su calamitosa acción de gobierno.
Por eso mismo, para salir con éxito de la crisis de valores democráticos y de la crisis económica que hoy nos están castigando, tenemos que ofrecer a la sociedad española un mensaje creíble de unidad para superarlas. Unidad en torno a las instituciones democráticas de gobierno, lo que supone que cada uno -gobierno y oposición- refuerce y no renuncie a su papel constitucional. Unidad en torno a las opciones básicas de programas exigentes y de gestión eficaz que puedan reconducir el deterioro galopante de nuestra convivencia y de nuestro progreso. Esta sería la base de la “nueva política” que la sociedad española reclama.
Es la hora del Partido Popular, de Mariano Rajoy y de su equipo, y aquí estamos todos para ayudar con el consejo desinteresado, para empujar con el motor de nuestra experiencia, para tirar del carro con ambas manos, para sumar como hicimos siempre, primero junto a nuestro fundador, Manuel Fraga, y después junto al presidente José María Aznar, a vuestro lado, contra viento y marea, contra otras calumnias peores y contra campañas mediáticas más indignas que las que ahora nos toca soportar.
No hay otra alternativa en España que el Partido Popular. La victoria electoral de nuestro partido es, además de una exigencia de higiene democrática, una necesidad política para librar a España de este gobierno de opereta marcado por el oportunismo económico del converso, y por el populismo demagógico e inútil del talante, y recuperar la senda de la convivencia y del progreso que perdimos en el año 2004.
El reto para Asturias es aún más apremiante. Porque Asturias, en esta última década de gobierno socialista, ha desaparecido de la política española, ha retrocedido en población, en actividad, en nivel de vida, en calidad democrática e, incluso, en prestigio y reconocimiento nacional, ya que de ser una región pionera en las letras y en las artes, en la economía y en la industria españolas, ha pasado al furgón de cola de la vida nacional.
Tenemos que recuperar el orgullo de ser asturianos, que ahora solo depende de los goles de Villa o de los triunfos de Alonso. Porque somos una región viva, con historia y con futuro, que debe de convertirse en protagonista de la modernización de España. En dos palabras: lo necesita Asturias para levantarse, y lo necesita España para ser mejor.
El objetivo solo será realizable si acertamos a unir a todo el electorado que aspira a un cambio, y a reafirmar nuestra condición de partido ganador, demostrando a la sociedad que somos distintos y mejores que nuestros adversarios, como ya fuimos capaces de hacer en 1996 y en 2000.
Todo esto lo sabéis y lo hacéis muy bien en Castilla y León, y en Valencia de D. Juan, la Valencia por excelencia de los asturianos. Queremos seguir aprendiendo de vosotros. El título de “paisano” que hoy me habéis concedido me convierte en uno más de los vuestros. Quiero serlo no solo para disfrutar de los honores sino para arrimar el hombro y ayudar en lo que podáis necesitarme. Os pido que pongáis a prueba mi trabajo como testimonio de mi gratitud.
Nunca olvidaré vuestra generosidad y vuestro afecto.
Muchas gracias,
Francisco Álvarez-Cascos
(1) EPOCA. Julio de 2009
(2) JOVELLANOS, GASPAR MELCHOR DE. “Memoria en Defensa de la Junta Central”. Parte Primera. 1810
(3) LENIN, Vladimir Ilich Ulianov. Cita atribuida.
(4) ORTEGA Y GASSET, JOSÉ. “Vieja y nueva política” .1914.
(5) LAMPEDUSA, TOMAS DE. “El gatopardo”. 1958.
01/08/2010 a las 18:00







