"Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final, pase lo que pase. Uno raras veces vence, pero alguna vez vence”. Harper Lee, 1960
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Intervención de Francisco Álvarez-Cascos en Cudillero

Premio  “Monte y Río”

18 de febrero de 2011

Este premio “Monte y Río” que me acabáis de entregarme tiene para mí  muchos alicientes que despiertan mi gran aprecio y me hacen deudor de una enorme gratitud a sus promotores, la revista “Orbayu y Naturaleza” y al jurado que me lo concede El monte y el río son la esencia de nuestra naturaleza asturiana, y muchas veces confesé que si alguna vez me escondía en algún refugio, sería a orillas de un río, protegido por  montañas tan singulares como las que tenemos el privilegio de disfrutar los asturianos, aunque no sean exclusivas de nuestro país.

El monte y el río son para mí la quintaesencia del paraíso que siempre imaginé plagado de salmones y de pescadores de caña disfrutando del turno a la media hora, con los corzos y los rebecos vigilándonos desde las balconadas calizas de las crestas o las umbrías de las vallinas. Decía Izaac Walton hace más de 400 años en su libro “El perfecto pescador de caña” que “la pesca con caña es algo que se parece a la poesía; los hombres han de nacer con ella”. Por su parte, José Ortega y Gasset, en su celebérrimo prólogo al libro del Conde de Yebes “Veinte años de caza mayor” afirma que “el ser del hombre consistió primero en ser cazador”. Fuera el hombre primero pescador o cazador, pienso y siento que tanto la caza como la pesca son dos deportes que nos igualan como ningún otro a todas las personas a quienes las convenciones sociales diferencian por razón de apellidos, de títulos, de profesiones o de patrimonio. Sin embargo, en la montaña y en el río las personas de la más diversa condición se sienten cercanas e iguales, y conviven, se respetan, se admiran y se distinguen, exclusivamente, en virtud de su peor o mejor habilidad y experiencia en el arte que exhibe su oficio de pescador o de cazador. En el río y en la montaña surgen relaciones y amistades imborrables en las que solo cuenta el compañerismo, el conocimiento del terreno, la destreza en el lance, el arte en el manejo de la caña ó del rifle, el respeto por las reglas que rigen el duelo en la naturaleza, y el aprecio a todo lo que nos envuelve y nos hipnotiza.

De niño dí mis primeros pasos como pescador de mar gracias a las enseñanzas de mi padre y de sus amigos de Villar, en las playas o pedreros luarqueses de “Portizuelo”, la “Xousera” o el “Enguilo”, para pasar luego al río, en el Canero donde Lalo, Jose “de la Rubia”, Luis “el Argentino”, Pepe “Laura”, Alfonso, Armando Ginés o Beto me enseñaron a ver sin rayos X las sombras plateadas de los salmones en sus posturas y me aficionaron a pescar a vista. Luego vinieron los primeros maestros en el río Narcea en al arte de la cucharilla, como Manolo “El Americano” y su hijo Jesús, de Soto de los Infantes, o David y Pepe Alonso de Cornellana; en el arte de la mosca  como Quico el de Arbodas o Avelino Aparicio “Nené”. Siempre al lado de mi padre me acerqué al Cares de los “Abeles”, de Maximino y de Sindo; pasados los años conocí y aprendí mucho de Pepe Sotres. También de chaval con mi padre descubrí el Eo de Jesús Rey, con Antonio “El Sordo”, con Gervasio y sobre todos con José Ramón Yanes. En el Sella me bauticé con Antón de Diego y, poco a poco, fui conociendo sucesivamente a la generación de los grandes: a Ramón el Roque, a Fermín el de Bode y sus hijos Angel y Anibal, a Tino el del Encendedor, a Alberto el Delfín, a Manolo el Molinero, a Angel Peruyero, o al entrañable Moncho Huerta que me introdujo en los secretos del alto Sella. Hago un breve aparte con el más excepcional de los pescadores que conocí. En mis primeras aventuras en solitario a comienzos de los setenta, en el turno de la media hora en “La Panificadora” o “Espigones de Arriendas” siempre acudía a ayudarme, como hacía con todos, Ramón Villar, Ramón el de Fermín o Ramonín el de Bode. Su conocimiento de los peces, su instinto en las orillas y su arte con las cañas solo lo superaba su generosidad, su sabiduría y su bonhomía, sobre las cuales forjamos una amistad inolvidable, extendida a su larga familia. Para mí, como para tantos, Ramón fue el gran maestro del río y el más grande de cuantos admiré como compañero y como artista de la caña. Hoy, la generación siguiente de Antón el Cuatro, de los Barqueros o de los Molineros, o El Marqués todavía mantienen viva la leyenda de sus antepasados por las orillas del Sella.

En la caza menor también fue mi padre mi introductor, pero de manera esporádica. Sería el doctor Luis Fernández-Vega mi verdadero iniciador a la caza mayor del corzo en Cea y Cetín (Parres) primero, y en Oballo (Cangas del Nancea), después, donde me puso en manos de  Severino Lago, Manolo Aumente, y José de Moal, grandes conocedores de aquellos montes. Poco después sería Javier Loring, sus primos Jaime y Álvaro Velasco, e Ignacio Herrero los que me empujarían por la senda del rebeco y del venado en las peñas y los bosques de Ponga, donde todavía llegué a tiempo de conocer al legendario Pedrín el de San Juán de Beleño. Mi primera cabra hispánica en Gredos la cobré en la Sierra de Gredos con Alonso Valdueza. Aquellos años, la caza a rececho competía con la pesca y pero también ofrecía el privilegio de hacer un doblete de corzo y salmón, como el que conseguí en Oballo y el Nansa, en una mañana y una tarde verdaderamente afortunadas. Y finalmente fue la alta montaña y su poderoso magnetismo la que me dio la oportunidad de conocer personalmente, oir sus relatos y admirar de cerca de dos grandes maestros, Valentín Madariaga y Ricardo Medem que me hizo el honor de invitarme a presentar su libro gran libro sobre los argalis en la Escuela de Ingenieros de Montes de  Madrid.

A todos cuantos he citado, y a muchos que mi mala memoria ha dejado en el olvido, les debo la parte principal del mérito de este premio. Algunos están hoy aquí y les pido de todo corazón que acepten compartirlo conmigo. Otros nos estarán contemplando desde los ríos majestuosos y las montañas supremas de la Gloria y se emocionarán al saber que siguen presentes en nuestros recuerdos.

De todos ellos aprendí la gran lección del buen pescador y del buen cazador que es el amor auténtico a la naturaleza. No voy a repetir las citas de nuestros autores clásicos sobre la esencia de la pesca y de la caza como parte de  la condición humana, ni a rebatir las cínicas teorías conservacionistas de quienes se consideran más civilizados que nosotros porque consideran que un animal puede ser sacrificado si ha pasado su vida en el cautiverio doméstico y su carne ha sido comercializada en el matadero. Me limito a dar testimonio público de la universal condición de los buenos cazadores y pescadores cuya afición comienza por respetar y por proteger el entorno natural y la vida de los animales que en él habitan, protegiendo sus hembras, sus crías y sus jóvenes ejemplares.

Las palabras van por un lado pero los hechos, siempre más tozudos, van por otro. Y los hechos demuestran que donde la civilización permite que la inteligencia del hombre, del ser superior de la creación, administra y mantiene los equilibrios en la Naturaleza, el cazador y el pescador representan la medida del progreso, con su papel activo en beneficio de la protección, de la selección y de la continuidad de las especies Es el prohibicionismo el que está haciendo desaparecer la caza y la pesca en muchos rincones del mundo. En España, el bucardo se extinguió en el Parque Nacional de Ordesa; la sarna endémica de los rebecos y de las cabras hispánicas se convirtió en epidemia en  Picos de Europa y en Cazorla por falta de control selectivo de poblaciones; y el oso o el urogallo ven diezmadas sus poblaciones por la acción del hombre, sin que la caza ofrezca la consabida coartada después de cuarenta años de veda total. Con el salmón llevamos el mismo camino: a más prohibicionismo, menos peces.

Es la mano del hombre con los avances legales del urbanismo, de la agricultura y de la ganadería, o con la práctica ilegal del furtivismo la que acaba con determinadas especies salvajes. Las mejores reservas de la naturaleza del mundo fueron creadas por cazadores. Tenemos excelentes ejemplo en Europa, donde nuestro rey Alfonso XIII fue el promotor de los primeros parques nacionales de Covadonga y de Ordesa, al tiempo que el fue también el creador del primer coto nacional de Gredos, donde se detuvo la extinción de la cabra hispánica, y desde donde se exportaron reproductores al resto de España. O en EE. UU. donde el presidente Teodoro Roosevelt, cuya figura se recuerda en uno de los cuatro colosales bustos de granito del Monte Rushmore , promovió la protección de la Torre del Diablo, del Bosque Petrificado o del Gran Cañón del Colorado, entre otros espacios naturales. O en Africa, donde el nombre del legendario explorador y cazador Frederick Selous da su nombre en Tanzania a la reserva más antigua del Continente, dos años anterior al Parque Kruger. Los ejemplos en España y en el mundo, en la caza, son interminables.

En la pesca fluvial ocurre lo mismo. Si el salmón atlántico se mantiene en Islandia, volvió a remontar el río Támesis, y algún día vuelve a remontar, de verdad, el río Nalón, es y será gracias al colectivo de  los pescadores implicados generosamente en su reproducción y en su protección, desde que las cañas sustituyeron a las redes en los ríos y estuarios. Hoy las mejores piscifactorías del mundo están financiadas y dirigidas por pescadores, mientras las públicas, cuando están dirigidas por teóricos del prohibicionismo no consiguen que los alevines maduren. Es la acción del hombre con las amputaciones legales de los cauces fluviales y la contaminación ilegal la que está exterminando especies que solo la tenaz sensibilidad de los pescadores ha permitirá conservar. ¿Acaso nadie recuerda quienes pagaron guarderías y repoblaciones para cuidar ríos y recuperar el salmón en el río Canero en los años cincuenta? ¿O quienes impulsaron la recuperación del Bidasoa o del Ulla en los años noventa?.

Los cazadores y los pescadores mamamos la naturaleza, amamos la naturaleza y somos sus más activos conservadores y protectores, pero somos presentados como depredadores. ¿Por qué? La respuesta es compleja y alguna de las causas son difíciles de modificar. Pero hay otras que tienen que ver con nuestros hábitos individualistas y poco participativos. Un ejemplo que no molestará a nadie esta noche. ¿Cómo es posible que hoy, en la Unión Europea, los países que han esquilmado sus bosques y praderas, impongan normas prohibicionistas a los que han sabido conservar su riqueza natural?. Pues ocurre que a menudo olvidamos que la democracia es un sistema de opinión pública. Las administraciones democráticas se controlan desde la sociedad, porque deben a la sociedad la razón de su existencia. Y la comunicación es el eje fundamental de la opinión pública que representa la voz de la sociedad. Agradezco a Orbayu y Naturaleza, y a COPE, su decidido protagonismo en defensa de los valores que defienden los cazadores y los pescadores.

Pero aún podemos hacer mucho más si conseguimos poner al frente de la administración fluvial y cinegética gestores respetuosos con nuestros valores de respeto y disfrute responsable de la naturaleza. La administración tiene muchos montes en Asturias para repoblar de rebecos y de venados, como se consiguió en los años cuarenta del siglo pasado. ¿Y por que no recuperar el “mueyu” que Madoz cita como especie autóctona a mediados del siglo XIX en Cabrales? La administración tiene muchos obstáculos fluviales y vertidos que suprimir en nuestros ríos, y muchos tramos para repoblar de truchas y salmones. También Madoz nos dejó testimonio de los salmones y las lampreas en el Caudal. ¿Por que si se cierran minas no van a volver?. Estas labores son mucho más importantes para el medio ambiente y para la riqueza de las zonas rurales que  la proliferación de papeles, oficinas, casetas, vehículos, cupos insostenibles de guardería privada, burocratización de la guardería pública, limitaciones de fechas, recortes de cupos y demás labores de escaparate, cada día más incómodas para el ciudadano, y más inútiles para preservar nuestra fauna.

Soy optimista por naturaleza y por eso estoy convencido de que este cambio de mentalidad y de comportamientos oficiales será posible algún día. No olvido nunca que solo los optimistas pensaron en 1865 leyendo a Julio Verne que el hombre llegaría a la Luna algún día, y el día llegó . . . 104 años después. Unas semanas antes de recibir la noticia de este premio “Monte y Río” terminaba yo de leer una divertida novela titulada “La pesca del salmón en Yemen” e imaginé que algún día sería posible la ensoñación de Paul Torday, cuya lectura les recomiendo. Estarán de acuerdo conmigo que imaginar el retorno del salmón a Pola de Lena o a Cangas del Nancea, o proyectar la reimplantación del “mueyu” en Cabrales, requieren menos fantasía y parecen más viables que repoblar la península de Arabia. Tan solo haría falta un poco más de convicción y de compromiso por parte de todos nosotros.

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18/02/2011 a las 21:00
1 comentario »
  • 18/02/2011 a las 21:18angel

    COMO SIEMPRE.. impresionante.. una persona con los valores tan definidos como político que cada vez que da un discurso.. recuerda a los antiguos pensadores…. que ya no quedan…

    Gracias por tenernos tan ilusionados D. Francisco

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